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by on June 10, 2020
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Por muy grande que fuera el Imperio romano, solo había espacio para un único emperador. Ni dos, ni tres, ni cinco emperadores, como los que coincidieron en el año 193 d.C., cuando las luchas palaciegas y el surgimiento de varios pretendientes a la corona imperial tras la muerte de Cómodo pusieron a prueba la resistencia del sistema. Hasta cinco monarcas ocuparon la cabeza del imperio en cuestión de un año, aunque algunos de ellos, como Publio Helvio Pertinax, del que el historiador británico Simon Elliott acaba de publicar en inglés una biografía moderna, permanecieron en el poder apenas unos meses.

La conjura que mató a Cómodo, un emperador megalómano, obsesionado con el mundo de los gladiadores y enfrentado al Senado, fue tan precipitada que no hubo tiempo para preparar la sucesión. Los magnicidas, entre ellos la concubina del Emperador, penetraron la misma noche en la que Cómodo fue envenenado y luego estrangulado en la cámara de Helvio Pertinax para ofrecerle el puesto. Pertinax, dos veces cónsul de Roma y considerado uno de los mejores generales de Marco Antonio, aceptó el púrpura sin dudarlo. No obstante, quien pronto dudó de su decisión fueron los propios conspiradores y la guardia pretoriana, que de pronto se vieron privados de los beneficios que el estrambótico Emperador gladiador les facilitaba.

Una nueva visión

Pertinax resultó ser un duro e impopular defensor de la disciplina más estricta. Un hombre difícil de manejar. En marzo de 193, un grupo de trescientos pretorianos abandonó el campamento en el que se acuartelaba y saqueó el palacio imperial. Cuando Pertinax trató de plantarles cara, fue asesinado por los amotinados. Su reinado ocupó solo 86 días de la larga historia de Roma, de modo que Pertinax ha sido siempre una nota a pie de página, un ilustre desconocido, casi una anécdota. Con su nueva biografía, Simon Elliott pretende cambiar esta visión tan limitada y ampliar lo que se sabe sobre el efímero Emperador.

En la primera biografía moderna sobre Pertinax, Simon Elliott ha reconstruido el asombroso ascenso de un hijo de un antiguo esclavo desde la pobreza hasta lo más alto de Roma. Después de recibir una buena educación, Pertinax se convirtió en profesor de gramática, literatura y retórica latina y griega. A los 35 años, en una extraña decisión, abandonó su vida tranquila y se unió al ejército. Gracias a su buen oficio fue ocupando puestos militares y administrativos cada vez más importantes, entre ellos el de gobernador de la provincia romana que hoy ocupa Gran Bretaña.

Como recuerda Simon Elliott en una biografía que todavía no tiene fecha para ser publicada en castellano, Pertinax logró mantener el favor de Cómodo probablemente por sus orígenes humildes, lo que, a ojos del Emperador, le descartaba como una amenaza de cara a sucederle.

Y parte de razón tenía... Según narra el historiador romano Herodian, ni siquiera Pertinax esperaba que, una vez muerto Cómodo, le fueran a ofrecer a él el púrpura. Creyendo que habían venido a matarlo también a él, el veterano general se ofreció a acabar con su vida antes de descubrir que, en verdad, los conspiradores estaban allí para entregarle la corona imperial.

La guerra civil que aceleró el declive de Roma

Frente a este relato clásico (y algo teatral de los hechos), en su biografía Simon Elliott plantea que, al menos, Pertinax debía estar al tanto de los planes de asesinato, aunque no participara directamente en ellos. El nuevo inquilino del palacio real les salió rana a los conspiradores.

Pertinax, de 66 años, combatió la corrupción y aplicó medidas rígidas para reducir el gasto de palacio, entre ellos los favores que recibía la guardia, hasta convencer a quienes le habían elevado al trono de que no era la persona adecuada para conducir Roma. No, desde luego, la que a sus bolsillos les interesaba. Entre las medidas más radicales que trató de poner en marcha en el breve reinado de Pertinax, el doctor Elliott destaca una reforma agraria que ofrecía toda la tierra que no estaba bajo cultivo, incluida la propiedad imperial, a cualquiera que quisiera cuidarla y cultivarla, con exención de impuestos y aranceles durante diez años. Toda una revolución en un imperio donde la cantidad de propiedades estaba relacionada con el estatus social.

En uno de los acontecimientos más extraños en la historia de Roma, el acaudalado senador Didio Juliano se presentó ante la guardia pretoriana amotinada junto a una multitud de seguidores

A pesar de su popularidad entre los romanos comunes, Pertinax enfureció así a muchos pretorianos que, según Herodian, «anhelaban un retorno a la violencia y el saqueo de la tiranía precedente y a sus extravagantes y disolutas actividades». Aquel odio se tradujo en la decapitación de Pertinax y, poco después, en la entrada de un Emperador del todo inesperado en escena.

En uno de los acontecimientos más bochornosos en la historia de Roma, el acaudalado senador Didio Juliano se presentó ante la guardia pretoriana amotinada junto a una multitud de seguidores que entonaban cánticos a su favor y en el de Cómodo. Tras lograr reunirse con un prefecto que se había postulado para portar el púrpura, Juliano logró hacerse con el trono por medio de una millonaria oferta económica.

Tan pronto como las provincias de más allá de Roma tuvieron noticia del irregular ascenso al trono de Juliano, los ejércitos de tres de ellas proclamaron emperador a sus propios candidatos. Clodio Albino, en Britania; Pescenio Níger, en Siria; y Septimo Severo, en la región del Danubio. Los cuatro se enfrentaron en una sangrienta guerra civil que condujo a Severo a la victoria.

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